Primero, entendamos qué es la diástasis abdominal.
Se trata de un aumento de la separación entre los músculos rectos del abdomen superior a 2,5 cm. Esta separación puede aparecer por encima, por debajo o alrededor del ombligo.
Sin embargo, más allá de medir la distancia entre los rectos, lo verdaderamente importante es cómo se comporta la línea del alba. La línea alba es el tejido conectivo que une ambos músculos rectos del abdomen.
Lo que realmente nos interesa evaluar es su capacidad para tensarse, transmitir fuerzas y adaptarse cuando aumenta la presión abdominal o realizamos un esfuerzo.
Por eso, la separación por sí sola no siempre determina si existe un problema funcional. Puede haber más de 3 cm de separación y que el abdomen funcione correctamente, o solo 1,5 cm y que no sea funcional. En definitiva, lo que realmente importa es la funcionalidad del abdomen.
La diástasis abdominal puede aparecer por diferentes motivos. Es frecuente durante o después del embarazo, pero también puede relacionarse con situaciones como el estreñimiento, la obesidad o una mala gestión de las presiones abdominales y de las cargas en el día a día o durante el ejercicio. Cuando el abdomen pierde funcionalidad, pueden aparecer diferentes señales. Algunas personas notan dolor lumbar, abdominal o pélvico, hinchazón abdominal o una sensación distinta en el abdomen al toser reír o cargar peso. En otros casos pueden aparecer disfunciones del suelo pélvico, como incontinencia o prolapsos, debido a la relación directa entre abdomen y suelo pélvico.
También es posible observar una protuberancia en el abdomen, especialmente al realizar esfuerzos. Cuando existe un defecto en el tejido fascial, esta protuberancia incluso podría evolucionar hacia una hernia.

¿Cómo se valora la diástasis?
La herramienta más útil para evaluar el abdomen es la ecografía. Gracias a ella podemos observar:
- Cómo se comporta la línea alba.
- El desplazamiento de los distintos planos musculares.
- Posibles asimetrías.
- La secuencia de activación muscular (timing)
- Y, por supuesto, la separación entre los rectos abdominales.
Además, también es importante valorar otros factores que influyen en la función abdominal, como la postura, la respiración, el funcionamiento del diafragma y la competencia abdomino-pélvica.
En muchos casos, el tratamiento no se basa únicamente en ejercicios específicos. También puede incluir terapia manual, electroestimulación, radiofrecuencia o trabajo específico para mejorar la gestión de presiones y la función muscular.

Con una buena valoración, un tratamiento adecuado y siguiendo las pautas de ejercicio y alimentación, es posible mejorar la funcionalidad del abdomen y recuperar su capacidad para gestionar las cargas del día a día.