Antes de nada, es importante saber de qué hablamos cuando hablamos de prolapso.
El prolapso de órganos pélvicos es el descenso de uno o varios órganos de la pelvis (como la vejiga, el útero o el recto) debido a una alteración en el sistema de soporte formado por los músculos y ligamentos del suelo pélvico.
Cuando este sistema pierde su capacidad de sostén, los órganos pueden desplazarse hacia la vagina e incluso sobresalir en los casos más avanzados.
Sin embargo, más allá de la posición de los órganos, lo verdaderamente importante es la funcionalidad del suelo pélvico. Es decir, su capacidad para sostener, adaptarse a los cambios de presión y responder correctamente ante los esfuerzos del día a día.
Por eso, no siempre el grado de descenso determina la gravedad del problema. Puede haber prolapsos leves con síntomas importantes o prolapsos más avanzados con poca sintomatología. En definitiva, lo más relevante es cómo está funcionando el sistema abdomino-pélvico en su conjunto.
El prolapso puede aparecer por diferentes motivos. Es frecuente después del embarazo y el parto, pero también puede relacionarse con la menopausia, el estreñimiento, la tos crónica o una mala gestión de las presiones abdominales y las cargas en el día a día.
Cuando el suelo pélvico pierde funcionalidad, pueden aparecer diferentes señales. Algunas personas notan sensación de peso o presión en la pelvis, molestias en la zona lumbar o vaginal, o la sensación de un “bulto” que desciende. En otros casos pueden aparecer síntomas urinarios, dificultad para vaciar la vejiga o el intestino, o molestias durante las relaciones sexuales.
Es importante saber que en fases iniciales puede no haber síntomas, lo que hace que muchas personas no sean conscientes del problema.
Para entender qué está ocurriendo en cada caso, es fundamental realizar una valoración completa del suelo pélvico. Esta valoración permite analizar el estado de la musculatura, su capacidad de contracción y soporte, así como la forma en la que el cuerpo gestiona la presión abdominal.

Además, también se tienen en cuenta factores como la postura, la respiración, el funcionamiento del diafragma y los hábitos del día a día, ya que todo ello influye directamente en el comportamiento del suelo pélvico.
A partir de ahí, el tratamiento se plantea siempre de forma individualizada. No se trata solo de hacer ejercicios, sino de mejorar la función del conjunto del sistema abdomino-pélvico.
En muchos casos, se combinan diferentes estrategias como el ejercicio terapéutico específico, el trabajo de la gestión de presiones, la reeducación de hábitos y, cuando es necesario, técnicas complementarias como la terapia manual.
Con una buena valoración, un tratamiento adecuado y siguiendo las pautas indicadas, es posible mejorar la función del suelo pélvico, reducir los síntomas y evitar que el prolapso progrese.